viernes, 10 de febrero de 2017

Coloquio de Santa Escolástica con San Benito

En torno a la lectura del monje benedictino san Gregorio Magno sobre san Benito y su hermana santa Escolástica. Fuente: Blog Las hermosas palabras del Señor



En el último coloquio, que tuvo lugar tal vez el primer jueves de cuaresma del 547, Dios demostró que le agradaba más el gesto de afectuosa caridad que el cumplimiento riguroso de la regla. "Pudo más ante Dios porque amó más", comenta San Gregorio Magno.


1. Hoy (10 de febrero) es la memoria de Santa Escolástica, hermana de san Benito. Y como todos los años leemos en el Oficio una página de los Diálogos de san Gregorio Magno, papa (540-604), que es una delicia: el encuentro final de Escolástica con su hermano Benito. Y la muerte de la santa tres días después.
Tenemos que recordar que este hombre nacido en familia de raigambre eclesiástica, fue Prefecto de Roma, cargo sumo en la vida social y política, y se hizo monje; fue el primer monje llegado a Papa. Escribió el Libro de los Diálogos, porque literariamente es un diálogo entre Gregorio y un monje, llamado Pedro. En él se colecciona, de modo edificante, una serie de Vidas ejemplares y milagros de antiguos monjes  (De Vita et Miraculis Patrum Italicorum et de aeternitate animarum es el título propio); y el Libro II está íntegramente dedicado a  recoger la vida de san Benito. No se trata de una biografía crítica, sino de una vida de florecillas y milagros del ideal del monje. Una de las florecillas más bellas es la que se refiere al final de su hermana Escolástica. Leamos el capítulo íntegro (quitado el principio y el final en la liturgia), sin olvidar que san Gregorio está hablando de su padre san Benito, a quien no conoció.



CAPÍTULO XXXIII
EL MILAGRO DE SU HERMANA ESCOLÁSTICA

GREGORIO.- ¿Quién habrá, Pedro, en esta vida más grande que san Pablo? Y sin embargo tres veces rogó al Señor que le librara del aguijón de la carne (2Co 12,8) y no pudo alcanzar lo que deseaba. Por eso, es preciso que te cuente del venerable abad Benito cómo deseó algo y no pudo obtenerlo. En efecto, una hermana suya, llamada Escolástica, consagrada a Dios todopoderoso desde su infancia, acostumbraba a visitarle una vez al año. Para verla, el hombre de Dios descendía a una posesión del monasterio, situada no lejos de la puerta del mismo. Un día vino como de costumbre y su venerable hermano bajó donde ella, acompañado de algunos de sus discípulos. Pasaron todo el día ocupados en la alabanza divina y en santos coloquios, y al acercarse las tinieblas de la noche tomaron juntos la refección.
Estando aún sentados a la mesa entretenidos en santos coloquios, y siendo ya la hora muy avanzada, dicha religiosa hermana suya le rogó:
- "Te suplico que no me dejes esta noche, para que podamos hablar hasta mañana de los goces de la vida celestial".
A lo que él respondió:
- "¡Qué es lo que dices, hermana! En modo alguno puedo permanecer fuera del monasterio".
Estaba entonces el cielo tan despejado que no se veía en él ni una sola nube. Pero la religiosa mujer, al oír la negativa de su hermano, juntó las manos sobre la mesa con los dedos entrelazados y apoyó en ellas la cabeza para orar a Dios todopoderoso. Cuando levantó la cabeza de la mesa, era tanta la violencia de los relámpagos y truenos y la inundación de la lluvia, que ni el venerable Benito ni los monjes que con él estaban pudieron trasponer el umbral del lugar donde estaban sentados. En efecto, la religiosa mujer, mientras tenía la cabeza apoyada en las manos había derramado sobre la mesa tal río de lágrimas, que trocaron en lluvia la serenidad del cielo.
Y no tardó en seguir a la oración la inundación del agua, sino que de tal manera fueron simultáneas la oración y la copiosa lluvia, que cuando fue a levantar la cabeza de la mesa se oyó el estallido del trueno y lo mismo fue levantarla que caer al momento la lluvia. Entonces, viendo el hombre de Dios, que en medio de tantos relámpagos y truenos y de aquella lluvia torrencial no le era posible regresar al monasterio, entristecido, empezó a quejarse diciendo:
- "¡Que Dios todopoderoso te perdone, hermana! ¿Qué es lo que has hecho?".
A lo que ella respondió:
- " Te lo supliqué y no quisiste escucharme; rogué a mi Señor y él me ha oído. Ahora, sal si puedes. Déjame y regresa al monasterio".
Pero no pudiendo salir fuera de la estancia, hubo de quedarse a la fuerza, ya que no había querido permanecer con ella de buena gana. Y así fue cómo pasaron toda la noche en vela, saciándose mutuamente con coloquios sobre la vida espiritual.
Por eso te dije, que quiso algo que no pudo alcanzar. Porque si bien nos fijamos en el pensamiento del venerable varón, no hay duda que deseaba se mantuviera el cielo despejado como cuando había bajado del monasterio, pero contra lo que deseaba se hizo el milagro, por el poder de Dios todopoderoso y gracias al corazón de aquella santa mujer. Y no es de maravillar que, en esta ocasión, aquella mujer que deseaba ver a su hermano pudiese más que él, porque según la sentencia de san Juan: Dios es amor (1Jn 4,16), y con razón pudo más la que amó más (Lc 7,47) 53.
PEDRO.- Ciertamente, me gusta mucho lo que dices.


2. Ahora pongamos de protagonista no a san Benito, sino a su hermana. ¿Quién es santa Escolástica? En este encuentro de amistad, Escolástica es “el eterno femenino” que fascina al hombre. Eterno del principio y del final, y, por lo tanto, que fascina y fascinará el hombre.
El ser humano – hombre o mujer – ha nacido para el amor; y el amor, en su expresión más pura, es relación recíproca. En esta relación la mujer tiene un encanto, una fascinación, que es don de creación puesto por el  Creador, que el hombre no lo tiene. Al fin, los dones son gracia y no son conquista.

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